El ajo en nuestra dieta: beneficios reales, riesgos y mitos

  • El ajo aporta compuestos azufrados como la alicina con posibles efectos cardiovasculares, antioxidantes y antimicrobianos, aunque su impacto real depende de la cantidad consumida y del modo de preparación.
  • Los estudios indican beneficios modestos en colesterol, triglicéridos, tensión arterial y microbiota, pero no confirman efectos milagro ni una reducción probada del riesgo de cáncer.
  • El ajo debe integrarse en una dieta mediterránea variada, evitando suplementos o consumos extremos, sobre todo en personas con problemas digestivos, en tratamiento anticoagulante o antes de una cirugía.
  • Consumirlo crudo, machacado y reposado unos minutos optimiza la formación de alicina, mientras que el ajo negro o cocinado ofrece un sabor más suave con algunos beneficios conservados, pero menos potencia de ciertos compuestos.

ajo en la dieta

El ajo, Allium sativum, es uno de esos ingredientes humildes que prácticamente no falta en ninguna cocina, pero que levanta pasiones y rechazos por igual. Se usa desde hace miles de años tanto para dar sabor como con fines terapéuticos, y hoy en día sigue siendo protagonista de titulares, suplementos y remedios caseros que prometen casi de todo.

Aunque se ha ganado fama de “superalimento” con propiedades casi milagrosas, la ciencia es bastante más matizada: hay beneficios interesantes, muchos matices, algunas contraindicaciones y bastantes mitos. Vamos a ver con calma qué puede hacer realmente el ajo por tu salud, cómo tomarlo para aprovecharlo mejor, qué riesgos tiene y hasta qué punto merece su buena reputación.

Composición del ajo: mucho potencial en muy poca cantidad

Desde el punto de vista nutricional, el ajo es una hortaliza con una composición curiosa: muy rica por 100 g, pero consumida en dosis mínimas. Por eso, su relevancia no está tanto en los nutrientes clásicos como en sus compuestos bioactivos.

Por cada 100 g de parte comestible se han descrito cifras orientativas como:

  • Alrededor de 110-150 kcal.
  • En torno a 5 g de proteína.
  • Unos 23 g de hidratos de carbono.
  • Aproximadamente 1 g de fibra.
  • 0 mg de colesterol.

El problema es que nadie se come 100 g de ajo al día. Un diente de ajo crudo (unos 3-4 g) apenas aporta unas 4-5 kcal, algo de carbohidratos, trazas de proteína, menos de 1 mg de vitamina C y pequeñas cantidades del resto de nutrientes. Así que, a nivel de vitaminas y minerales, su impacto directo en la dieta diaria es moderado.

Donde el ajo marca la diferencia es en sus compuestos organosulfurados y otros fitoquímicos: aliina, alicina, ajoeno, tiosulfinatos, dialil disulfuro, polifenoles, fructosanos (oligosacáridos de efecto prebiótico) y saponinas. Estos compuestos son los responsables de su olor intenso y de la mayor parte de sus posibles propiedades antioxidantes, antimicrobianas, vasodilatadoras y cardioprotectoras.

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Alicina, aliina y otros compuestos: qué los hace especiales

El “truco” del ajo está en que la alicina no está presente de inicio tal cual en el diente. En el ajo entero predomina la aliina, un sulfóxido derivado de la cisteína. Cuando cortas, machacas o trituras el ajo, entra en juego la enzima aliinasa, que transforma la aliina en alicina.

La alicina es altamente inestable y muy sensible al calor. Se forma tras romper el diente y, en cuestión de minutos, empieza a degradarse en otros compuestos azufrados (ajoeno, dialil disulfuro, etc.), también activos pero con propiedades algo distintas. Esta transformación explica por qué el modo de preparación es clave para aprovechar el ajo.

Se cree que los efectos antimicrobianos, antioxidantes, hipolipemiantes (sobre grasas en sangre) y antitrombóticos que se atribuyen al ajo tienen mucho que ver con la alicina y con los compuestos en los que se convierte. Aun así, la concentración efectiva de estos compuestos en el cuerpo humano depende de:

  • La cantidad de ajo ingerida (no es lo mismo medio diente que tres).
  • Si se toma crudo o muy cocinado.
  • El tiempo que ha pasado desde que se machacó.
  • El tipo de preparado (fresco, en polvo, extractos envejecidos, aceite, cápsulas…).

Además del ajo blanco habitual, también encontramos variedades moradas y el famoso ajo negro, usado en recetas como pechugas de pollo con ajo negro. Este último no es otra especie, ni un fermentado clásico: se obtiene envejeciendo ajo blanco durante semanas a temperatura y humedad controladas. El bulbo se vuelve negro, más blando, muy dulce y con menos olor agresivo. Este proceso modifica el perfil de compuestos, incrementando algunos antioxidantes, aunque desde el punto de vista nutricional general no es “más sano”, solo diferente y más amable para muchos paladares.

propiedades del ajo

Beneficios del ajo: qué dice la ciencia (y qué no)

A lo largo de la historia, al ajo se le han atribuido propiedades para casi todo: desde parásitos intestinales hasta problemas cardiacos. Hoy, buena parte de esas afirmaciones se están revisando con estudios más serios, con resultados interesantes pero lejos de la “cura para todo” que a veces se vende.

Las principales áreas donde hay más investigación son la salud cardiovascular, la modulación de la microbiota intestinal, la función inmunitaria, el metabolismo de la glucosa y el posible papel en cáncer y envejecimiento. Aun así, en muchos casos la evidencia procede de estudios in vitro o en animales, o son ensayos en humanos con pocas personas y tiempos cortos.

Ajo y salud cardiovascular: colesterol, triglicéridos y tensión arterial

Uno de los campos mejor estudiados es el efecto del ajo sobre las grasas en sangre y la presión arterial. Varios análisis y revisiones han observado que preparados de ajo (en polvo, extractos envejecidos, aceites, suplementos) pueden producir reducciones modestas en:

  • Colesterol total (CT).
  • Triglicéridos (TG).
  • Presión arterial sistólica y, en menor medida, diastólica.

Un metaanálisis realizado por investigadores del Instituto de Toxicología de la Universidad de Shandong (China), que revisó más de veinte estudios, encontró que el ajo fue superior al placebo para disminuir CT y TG, sobre todo cuando el consumo fue prolongado en el tiempo. En ese trabajo, el ajo en polvo y el extracto envejecido parecieron más eficaces sobre el colesterol total, mientras que el aceite de ajo destacó algo más sobre los triglicéridos.

Otros informes, como los elaborados para el Ministerio de Agricultura o entidades cardiológicas, señalan que el ajo podría ayudar a reducir el LDL-colesterol (“malo”) e inhibir su oxidación, protegiendo así el endotelio (la capa interna de los vasos sanguíneos). También se le atribuye un efecto antiagregante plaquetario suave, es decir, que dificulta ligeramente que las plaquetas se peguen entre sí y formen coágulos.

En paralelo, se ha observado que el ajo puede favorecer una leve vasodilatación al influir en sustancias como la angiotensina II (que contrae los vasos) y aumentar la disponibilidad de óxido nítrico, que los dilata. Todo esto encaja con sus posibles beneficios modestos sobre la presión arterial.

Ahora bien, no todos los estudios son tan favorables. Un ensayo amplio de la Universidad de Stanford con unos 200 adultos con hipercolesterolemia ligera no encontró una reducción significativa del colesterol respecto al grupo control, pese al consumo diario de ajo en diferentes formas. Este tipo de resultados recuerda que, aunque el ajo aporte algo, no es un sustituto de la medicación ni de los cambios de estilo de vida cuando estos son necesarios.

En resumen de esta parte: el ajo puede ejercer un efecto adicional y discreto sobre colesterol, triglicéridos y tensión, especialmente dentro de una dieta saludable y a largo plazo, pero no es un fármaco cardiológico ni una garantía contra el infarto o el ictus.

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Ajo y sistema inmunitario, infecciones y resfriado

En laboratorio, los compuestos del ajo han mostrado actividad antibacteriana, antiviral, antifúngica y antiparasitaria contra un amplio abanico de microorganismos, incluyendo bacterias como Helicobacter pylori (relacionada con úlceras gástricas y duodenales). No en vano, durante la Primera Guerra Mundial el ajo se usó para desinfectar heridas cuando faltaban antisépticos convencionales.

El ajo también contiene oligosacáridos con efecto prebiótico, como las fructosanas y la inulina, que nutren a ciertas bacterias “buenas” del intestino. En este sentido, el ajo crudo actúa como prebiótico capaz de modular la microbiota, lo que podría tener repercusiones sobre inmunidad, metabolismo y salud digestiva. Eso sí, en la práctica, haría falta combinarlo con otras fuentes de fibra y prebióticos (verduras, legumbres, cereales integrales, frutas) para notar un efecto realista sin tener que comer cantidades enormes de ajo.

Sobre el resfriado común, la cosa cambia. Aunque mucha gente toma ajo crudo para “evitar catarros”, los datos no respaldan esta idea con solidez. Hay pocos ensayos y, en general, no se ha demostrado que el ajo cure o prevenga resfriados de forma clara. Los supuestos efectos antivirales y antimicrobianos proceden, sobre todo, de estudios in vitro con dosis muy superiores a las que se obtienen con el consumo normal.

También es un mito la práctica de acercarse un diente de ajo a la nariz para descongestionar. Lejos de ayudar, los compuestos volátiles del ajo pueden irritar las mucosas nasales, aumentando el picor, el lagrimeo o los estornudos, tal y como advierten sociedades médicas de atención primaria.

beneficios del ajo

Posibles efectos sobre cáncer, cerebro y envejecimiento

Las hortalizas de la familia de las liliáceas (ajo, cebolla, puerro…) se han relacionado en diversos estudios observacionales con un menor riesgo de determinados tipos de cáncer, especialmente gastrointestinales. Sin embargo, los propios investigadores insisten en que estos resultados son prometedores pero no concluyentes.

Las revisiones rigurosas, como las impulsadas por grupos de trabajo vinculados a centros Cochrane y universidades españolas, concluyen que, con los datos actuales, no se puede afirmar que el ajo reduzca el riesgo de cáncer. Se necesitarían ensayos clínicos en humanos, con grandes muestras y seguimientos prolongados, para pasar de la correlación a probar una verdadera relación causa-efecto.

En el ámbito neurológico, se han observado posibles efectos beneficiosos sobre la salud cerebral. Los compuestos sulfurados y antioxidantes del ajo podrían:

  • Mejorar la circulación sanguínea cerebral, al favorecer la vasodilatación.
  • Reducir el daño oxidativo sobre las neuronas.
  • Ayudar, de forma modesta, a preservar funciones como la memoria y la concentración.

Algunos estudios preliminares sugieren que el ajo podría ser útil en el contexto de enfermedades neurodegenerativas como el Alzheimer, pero aquí la evidencia es todavía limitada y experimental. De momento, no se puede recomendar el ajo como tratamiento ni como “escudo” garantizado contra estas patologías.

Por último, su papel como aliado frente al envejecimiento viene de sus polifenoles y otros antioxidantes. Un trabajo observacional en población china encontró que quienes consumían ajo al menos una vez a la semana vivían, de media, más tiempo que quienes lo tomaban con menor frecuencia. De nuevo, no se puede concluir que el ajo sea la causa directa —se mezclan muchos factores de estilo de vida—, pero sí refuerza la idea de que formar parte de un patrón de alimentación saludable podría asociarse con una mayor longevidad.

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Metabolismo, glucosa, peso y rendimiento físico

En algunos estudios, el ajo ha mostrado mejorar ligeramente la sensibilidad a la insulina, ayudando a que esta hormona actúe de forma más eficaz y facilitando un mejor control de la glucemia. Esto se ha observado sobre todo con determinados extractos estandarizados, y en contextos controlados.

Sin embargo, tomar ajo no sustituye en ningún caso a un tratamiento para la diabetes o la prediabetes. Puede ser un apoyo menor dentro de una dieta equilibrada rica en fibra, baja en azúcares libres y combinada con ejercicio regular, pero no es una terapia en sí misma.

Relacionado con el peso corporal, se ha propuesto que el ajo pueda estimular ligeramente el metabolismo y aumentar la producción de adrenalina, lo que incrementaría el gasto calórico. También se ha descrito cierto efecto saciante. Aun con todo, no hay respaldo sólido para afirmar que “el ajo adelgaza”. Lo que sí puede ocurrir es que, al facilitar el consumo de platos saludables y sabrosos (legumbres, verduras, pescados, sopas), contribuya indirectamente a un patrón alimentario que ayude a controlar el peso.

Respecto al rendimiento físico, ya en la Antigua Grecia se daba ajo a los atletas olímpicos, y en diferentes épocas lo tomaban soldados y trabajadores para “aguantar más”. Estudios modernos han observado que ciertos preparados de ajo pueden mejorar la capacidad pulmonar y reducir la fatiga muscular en algunos perfiles de personas físicamente activas, aunque de nuevo el efecto es modesto y no comparable al de un entrenamiento adecuado.

Ajo, digestión y microbiota intestinal

El ajo tiene una doble cara en el aparato digestivo. Por un lado, sus oligosacáridos prebióticos favorecen el crecimiento de bacterias beneficiosas y pueden mejorar la motilidad intestinal, lo que se relaciona con un menor riesgo de ciertos problemas gastrointestinales a largo plazo.

Por otro, se trata de un alimento rico en FODMAP (oligosacáridos fermentables), que en personas con síndrome de intestino irritable o con especial sensibilidad pueden provocar:

  • Gases y sensación de hinchazón.
  • Dolor o molestias abdominales.
  • Reflujo o acidez.

Además, su consumo excesivo en crudo puede resultar bastante irritante para el estómago, sobre todo en quienes padecen gastritis, úlceras o reflujo gastroesofágico. En estos casos, suele tolerarse mejor cuando el ajo está cocinado o cuando se utiliza en pequeñas cantidades.

También se han descrito casos de intolerancia o alergia al ajo, con síntomas como picor en la piel, dermatitis de contacto, picor nasal, lagrimeo, estornudos u hormigueo en la boca. Las reacciones graves (anafilaxia) son raras, pero existen, así que ante síntomas compatibles es importante consultar con un profesional sanitario.

Mitos y realidades: lo que el ajo NO hace

El aura casi mágica que rodea al ajo ha dado pie a una buena colección de mitos que merece la pena aclarar:

“El ajo en ayunas adelgaza”: no hay ninguna evidencia sólida de que tragar un diente de ajo en ayunas sea una estrategia eficaz ni segura para perder peso. Lo que adelgaza son el déficit calórico controlado y un estilo de vida saludable, no un alimento concreto.

“Sustituye a los antibióticos”: aunque los compuestos del ajo han mostrado acción antimicrobiana en laboratorio, no alcanzamos esas concentraciones en sangre solo con comer ajo. No puede ni debe reemplazar a un antibiótico prescrito en una infección seria.

“Evita o cura el cáncer”: como hemos visto, los estudios disponibles no permiten afirmar que el ajo reduzca el riesgo de cáncer ni que sea un tratamiento. Cualquier mensaje en esa línea es engañoso.

“Baja sí o sí el colesterol y la tensión”: algunos trabajos muestran reducciones modestas, otros no. El efecto, cuando existe, es más bien complementario. No es un sustituto de la medicación ni de los cambios dietéticos recomendados en consulta.

En resumen, el ajo es un buen aliado dentro de una alimentación saludable, pero no es un remedio milagroso ni una medicina en sí misma. Conviene desconfiar de cualquier promesa extrema asociada a su consumo.

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Cantidad recomendada de ajo y formas de tomarlo

No existe una dosis diaria oficialmente establecida como tal, pero varias guías y expertos en fitoterapia manejan recomendaciones orientativas. Para población adulta sana, se suele hablar de:

  • 1 a 3 dientes de ajo fresco al día (unos 3-12 g), según el tamaño y la tolerancia.
  • En otros documentos, alrededor de 4 g diarios, equivalentes a uno o dos dientes medianos.
  • Si se usan suplementos, dosis típicas de unos 300 mg de ajo en polvo estandarizado al día, siguiendo siempre las indicaciones del fabricante y del profesional de salud.

Conviene recordar que hay grandes diferencias individuales: algunas personas toleran tres dientes sin problema, mientras que otras con uno ya notan acidez o molestias. Lo sensato es ir aumentando poco a poco y observar la respuesta.

En cuanto a cómo incorporarlo, el ajo es muy versátil en la dieta mediterránea:

  • Crudo, frotado en pan crujiente con aceite de oliva virgen extra, como en un sándwich saludable.
  • En aliños con tomate picado, aceite, sal y perejil, perfectos para ensaladas atractivas.
  • En salsas tradicionales como el mojo picón, el pesto, el alioli o en patés vegetales como el hummus y el mutabal.
  • En sofritos para guisos, legumbres como lentejas a la campesina, arroces o platos de pescado y marisco.
  • Añadido al final de la cocción o en crudo a ensaladas, cremas frías o salteados.
  • Incluso en batidos verdes o salados, combinado con limón, jengibre, menta o frutas dulces como la piña para suavizar su sabor.

Los suplementos (cápsulas de ajo en polvo, extracto envejecido, perlas de aceite…) pueden ser una opción cuando se busca una forma más cómoda de tomarlo sin olor, pero no están exentos de riesgos (especialmente por su efecto antiagregante) y deberían usarse siempre bajo supervisión profesional, sobre todo si ya se toman medicamentos.

Cómo preparar el ajo para aprovechar mejor sus propiedades

La forma de procesar el ajo cambia mucho su perfil de compuestos. Algunas pautas prácticas para sacarle partido:

Mejor crudo o poco hecho: la alicina y parte de los compuestos más delicados se destruyen con el calor intenso y prolongado. Cocerlo largo rato o freírlo hasta que se tueste reduce claramente su capacidad antioxidante y antimicrobiana.

Machacar y dejar reposar 10-15 minutos: al cortar, picar o machacar el ajo y dejarlo unos minutos al aire antes de usarlo, das tiempo a que la aliinasa forme más alicina. Luego puedes añadirlo a tus platos, incluso aunque se cocine ligeramente, y seguirás aprovechando parte de estos compuestos.

Evitar el microondas largo y el horneado prolongado: se ha visto que 60 segundos de microondas o unos 45 minutos en el horno pueden desactivar casi por completo la aliinasa. Si vas a hornearlo, puedes machacarlo antes y respetar ese reposo previo.

Añadirlo al final de la cocción: en sopas, guisos o salsas, usar parte del ajo al principio para dar sabor y otra parte cruda o casi cruda al final es una buena estrategia para equilibrar palatabilidad y beneficios.

Retirar el germen central para suavizarlo: quitar el brote interno del diente hace que el sabor sea más suave y repita menos, manteniendo muchas de sus propiedades. Es un truco muy útil para quien quiera comerlo crudo sin que sea tan agresivo.

Contraindicaciones, efectos secundarios y precauciones

Aunque es un alimento con toxicidad muy baja, el ajo no está exento de efectos indeseados cuando se consume en exceso o en ciertas situaciones.

Los efectos secundarios más habituales, sobre todo con ajo crudo y en grandes cantidades, incluyen:

  • Halitosis y olor corporal característicos.
  • Malestar digestivo: acidez, reflujo, molestias o dolor abdominal, gases y flatulencia.
  • Irritación de la mucosa gástrica e intestinal en personas sensibles.

Además, por su efecto antiagregante plaquetario, el ajo puede aumentar el riesgo de sangrado en contextos concretos:

  • Personas que toman anticoagulantes (heparina, acenocumarol/Sintrom, warfarina…) o antiagregantes (aspirina a dosis altas, clopidogrel).
  • Situaciones de hemorragias activas o problemas de coagulación.
  • Intervenciones quirúrgicas: se recomienda reducir o suspender el consumo elevado de ajo (y, con más motivo, de suplementos concentrados) al menos dos semanas antes de la operación, siguiendo las indicaciones del cirujano o anestesista.

En embarazo y lactancia, cantidades culinarias suelen considerarse seguras, pero las dosis altas y los suplementos concentrados deben manejarse con prudencia, ya que podrían modificar el sabor de la leche materna o acentuar problemas digestivos.

En cuanto al público infantil, el ajo puede formar parte de su alimentación sin problema, siempre introduciéndolo poco a poco y en cantidades moderadas. Para que no lo rechacen por el sabor fuerte:

  • Se puede retirar el germen para que repita menos.
  • Usar ajetes (más suaves) en revueltos y tortillas.
  • Camuflarlo en purés y sofritos para que no se noten los trozos.
  • Frotarlo suavemente en pan o bocadillos para que se vayan acostumbrando al sabor.

Por último, es importante recordar un aspecto práctico: el ajo no debe guardarse en el frigorífico. Se conserva mejor en un lugar seco, fresco y oscuro, con buena ventilación. La nevera favorece la humedad y puede alterar su textura y sabor. Si al cortar un diente observas que está marrón o blando, lo más prudente es tirarlo.

El ajo es un ingrediente con una larga historia cultural y científica a sus espaldas, que aporta sabor, ayuda a reducir el uso de sal en la cocina y probablemente suma pequeños beneficios sobre la salud cardiovascular, inmunitaria y digestiva cuando se integra en una dieta mediterránea variada. No es una poción mágica ni un medicamento, pero sí un aliado valioso que, usado con cabeza y dentro de un estilo de vida saludable, merece seguir ocupando un lugar fijo en la despensa.

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