¿Cómo afectan los refrescos en nuestra dieta y salud global?

  • El consumo habitual de refrescos, azucarados o light, se asocia con sobrepeso, diabetes tipo 2, síndrome metabólico y mayor riesgo cardiovascular.
  • Estas bebidas aportan calorías vacías, alteran la microbiota intestinal, dañan dientes, huesos y riñones, y desplazan opciones más nutritivas en niños y adultos.
  • Impuestos, restricciones en centros educativos y políticas de empresa ayudan a reducir su consumo, pero es clave priorizar agua e infusiones en la vida diaria.

¿Cómo afectan los refrescos en nuestra dieta y salud global?Si miras a tu alrededor en cualquier bar, cine o incluso en la oficina, verás que los refrescos se han colado en nuestro día a día como algo totalmente normal. Estas bebidas azucaradas y sus versiones “light” o “zero” forman parte del paisaje alimentario moderno, hasta el punto de que muchas personas las usan casi como sustituto del agua sin plantearse demasiado sus consecuencias.

Sin embargo, cuando empezamos a rascar un poco la superficie, los datos son bastante claros: un consumo habitual de refrescos afecta a nuestra dieta, a nuestro peso, al metabolismo, a la salud bucal, ósea, cardiovascular y renal, y también a la microbiota intestinal. Y ojo, esto aplica tanto a los refrescos azucarados de toda la vida como a los que se anuncian como “sin azúcar” o “sin calorías”.

El papel de los refrescos en la dieta moderna

En las últimas décadas, el consumo de refrescos ha crecido de forma notable entre adultos, adolescentes e incluso niños, impulsado por cambios en el estilo de vida, jornadas largas, comidas rápidas y familias con menos tiempo para cocinar. Los envases individuales, el sabor dulce y la facilidad para encontrarlos en cualquier tienda o máquina expendedora los han convertido en la opción cómoda para calmar la sed… aunque en realidad no sean la mejor elección.

Además de esa comodidad, la presión del marketing dirigido sobre todo a los más jóvenes ha normalizado la idea de que tomar refrescos es algo divertido, social y casi imprescindible. Campañas constantes, asociaciones con ocio, deporte o música y una presencia brutal en medios han ido consolidando una cultura donde beber refrescos se percibe como algo inocente, cuando la evidencia científica apunta justo a lo contrario.

Los datos en España son un buen ejemplo de este problema. Según el “Estudio de tendencias de alimentación de la población trabajadora española 2023” de MC MUTUAL, alrededor de un 62 % de los trabajadores consumen más refrescos de lo recomendado, y son especialmente las mujeres de entre 25 y 65 años quienes declaran un mayor consumo. Esto no es una simple anécdota: tiene traducción directa en más peso, más riesgo de enfermedad metabólica y más problemas de salud a medio y largo plazo.

Más de un 20 % de las calorías diarias pueden llegar a proceder de las bebidas que tomamos, cuando la OMS sugiere que lo ideal sería que no superaran el 10 %. Es decir, una buena parte de la energía que ingerimos viene en forma de “calorías líquidas” que no sacian, no alimentan en términos de nutrientes valiosos y, sin embargo, complican cualquier intento de tener un peso saludable.

En este contexto, la costumbre de acompañar comidas con refrescos o zumos azucarados en lugar de agua es especialmente problemática en la infancia y adolescencia; alternativas como desayunos sencillos para niños ayudan a mejorar la calidad de la dieta. Si a eso se suman bollería industrial, comidas precocinadas y poca fruta y verdura, el resultado se ve en las cifras: en España, alrededor de un 30 % de niños y niñas presentan sobrepeso u obesidad.

Azúcar, calorías y aumento de peso

Uno de los efectos más inmediatos de los refrescos azucarados es su impacto sobre el peso corporal. Una sola lata de 330 ml suele aportar unas 130-150 kcal y unos 35 g de azúcar, lo que equivale aproximadamente a 3-4 sobres de azúcar. Si esa lata se suma a una dieta que ya cubre las necesidades energéticas diarias, esa energía extra puede traducirse en un aumento de entre 5 y 7 kg de peso al año.

¿Cómo afectan los refrescos en nuestra dieta y salud global?

Las bebidas azucaradas son un ejemplo claro de “calorías vacías”: aportan azúcar y energía, pero prácticamente nada de vitaminas, minerales, antioxidantes o fibra. Además, al ser líquidas, generan una sensación de saciedad mucho menor que un alimento sólido con las mismas calorías. El resultado es que no compensamos ese aporte reduciendo lo que comemos después, así que el exceso calórico se acumula.

Este efecto no se limita a los adultos. Estudios en población infantil y adolescente muestran que el consumo diario de refrescos se asocia claramente con mayor prevalencia de sobrepeso y obesidad. Una investigación realizada en 107 países con más de 400.000 adolescentes de unos 14 años encontró una correlación positiva entre beber refrescos una o más veces al día y tener exceso de peso. Cuando además se toman entre horas, sin reducir la cantidad de comida en las comidas principales, el efecto es aún mayor.

A esto se suma que las bebidas azucaradas se consideran de alto índice glucémico, es decir, elevan muy rápido la glucosa en sangre tras tomarlas. Esta subida brusca obliga al páncreas a segregar mucha insulina y, con el tiempo, contribuye a que las células se vuelvan menos sensibles a esa hormona, algo clave en la aparición de la diabetes tipo 2.

Por si fuera poco, los refrescos de cola añaden a la ecuación la cafeína y una acidez elevada. La cafeína, consumida en exceso, puede dar lugar a insomnio, nerviosismo o ansiedad, mientras que la combinación de azúcar y acidez ataca directamente al esmalte dental y favorece la caries.

Refrescos y metabolismo: diabetes, grasa visceral y síndrome metabólico

Más allá del aumento de peso, los refrescos tienen un impacto profundo en el metabolismo. Diversos estudios epidemiológicos han demostrado una relación clara entre el consumo habitual de refrescos azucarados y un mayor riesgo de resistencia a la insulina y diabetes tipo 2. Por ejemplo, investigaciones de la Escuela de Salud Pública de Harvard concluyeron que tomar una lata de refresco al día se asociaba con un incremento aproximado del 25 % en el riesgo de desarrollar diabetes tipo 2.

El problema no es solo la cantidad total de azúcar, sino también la forma de presentación. El azúcar líquido, especialmente cuando procede de jarabe de maíz alto en fructosa o grandes cantidades de fructosa libre, se absorbe de una forma que favorece la acumulación de grasa en el hígado y en la zona abdominal. Esto incrementa los triglicéridos, favorece el llamado “hígado graso” y empeora el perfil lipídico, aumentando colesterol y otros parámetros que se asocian a enfermedad cardiovascular.

Ligado a todo esto aparece el llamado síndrome metabólico, un conjunto de alteraciones que incluyen obesidad abdominal, hipertensión, triglicéridos elevados, colesterol HDL bajo y alteraciones de la glucosa. Diferentes investigaciones han observado que las personas que consumen refrescos con regularidad tienen más probabilidades de cumplir varios de estos criterios, lo que se traduce en un mayor riesgo de infartos, ictus y complicaciones cardiometabólicas.

¿Cómo afectan los refrescos en nuestra dieta y salud global?

La acumulación de grasa visceral merece una mención aparte. La grasa que se deposita alrededor de órganos como el hígado, el páncreas o los intestinos es especialmente peligrosa, porque se asocia de forma directa a mayor riesgo cardiovascular y metabólico. Un estudio publicado en la revista Obesity encontró que quienes tomaban refrescos con azúcares añadidos de forma habitual presentaban mayor cantidad de grasa visceral, incluso cuando el índice de masa corporal total no era muy alto.

De manera preocupante, la exposición temprana a grandes cantidades de azúcar también deja huella a largo plazo. Un análisis de la época de racionamiento de azúcar en el Reino Unido en los años 50 observó que la cantidad de azúcar consumida a partir de los seis meses de vida se relacionaba con mayor riesgo de diabetes y presión arterial alta en la edad adulta. No se trata de eliminar cualquier azúcar añadido, pero sí de evitar que los niños tripliquen las recomendaciones, algo que, por ejemplo, sucede con frecuencia en Estados Unidos.

Refrescos de dieta, “light” y “zero”: ¿realmente más sanos?

Ante la preocupación por el azúcar, la industria lanzó hace décadas refrescos “light”, “zero” o “sin azúcar” endulzados con edulcorantes artificiales como aspartamo, sucralosa o acesulfamo-K. Sobre el papel, parecen la solución perfecta: dulces, sin calorías y, supuestamente, sin impacto sobre el peso ni la glucosa. Pero la realidad es mucho más matizada.

Por un lado, varios estudios observacionales han encontrado que las personas que consumen con frecuencia refrescos de dieta tienen, a largo plazo, mayor riesgo de aumento de peso y de obesidad. No es que estos refrescos aporten calorías, sino que el sabor dulce mantenido en el tiempo puede alterar la percepción del dulzor, aumentar los antojos por alimentos muy dulces y llevar a comer más en otros momentos del día.

Además, se ha descrito una asociación entre el consumo de refrescos light y un incremento del riesgo de síndrome metabólico, diabetes tipo 2 y problemas cardiovasculares. Los mecanismos exactos aún se investigan, pero se sospecha que algunos edulcorantes podrían interferir en la regulación de la glucosa y la insulina, o bien modificar la microbiota intestinal de una manera desfavorable.

En un estudio en modelos animales presentado en el Congreso de Biología Experimental 2018, se compararon dietas ricas en glucosa y fructosa con dietas con edulcorantes como aspartamo y acesulfamo-K. Se observó que tanto los azúcares como los edulcorantes producían efectos negativos relacionados con obesidad y diabetes, aunque a través de vías metabólicas distintas. En particular, el acesulfamo-K tendía a acumularse en sangre y, por encima de ciertos niveles, dañaba las células de la pared de los vasos sanguíneos.

A nivel clínico, algunas personas refieren dolores de cabeza, migrañas o malestar general tras consumir bebidas con edulcorantes artificiales, especialmente si son sensibles a compuestos como el aspartamo. También se ha planteado que podrían influir sobre la regulación del apetito y las señales de saciedad, aunque todavía no hay un consenso absoluto.

Microbiota intestinal, metabolitos y refrescos

En los últimos años ha cobrado mucha importancia el papel de la microbiota intestinal en la salud. Las bacterias que viven en nuestro intestino participan en la digestión, producen metabolitos beneficiosos, entrenan al sistema inmunitario y contribuyen al equilibrio metabólico. Y aquí los refrescos, tanto azucarados como light, tampoco salen bien parados.

Algunas investigaciones han observado que un consumo elevado de bebidas azucaradas modifica de forma notable la composición de la microbiota. Bacterias que se alimentan de fibra o compuestos complejos, como Bacteroides pectinophilus, se ven desplazadas cuando en el intestino abundan los azúcares simples de los refrescos, que no saben utilizar bien. En cambio, las bacterias “amantes” de la glucosa y la fructosa se multiplican rápidamente.

Este cambio de equilibrio tiene una consecuencia clave: ya no se producen los mismos metabolitos. Entre ellos destacan los ácidos grasos de cadena corta (AGCC), que en condiciones normales ayudan a mantener la integridad de la mucosa intestinal, regulan la inflamación y mejoran la sensibilidad a la insulina. Cuando las bacterias productoras de estos AGCC beneficiosos disminuyen, se abre la puerta a un entorno más propicio para la inflamación de bajo grado y para la alteración de la glucemia.

De hecho, se ha visto que los metabolitos presentes en sangre de las personas que consumen muchos refrescos tienden a asociarse con mayor riesgo de diabetes. Cuantos más refrescos se beben, mayor es la concentración de ciertas moléculas prodiabéticas generadas por la microbiota. Parte de esta relación está mediada por el aumento de peso, pero la composición bacteriana y sus productos también parecen jugar su propia partida.

Se necesitan más estudios en distintas poblaciones para terminar de entender todos estos mecanismos, pero el mensaje práctico es bastante directo: reducir los refrescos y sustituirlos por bebidas que favorezcan una microbiota saludable (agua, infusiones, incluso bebidas vegetales tradicionales como la horchata natural sin exceso de azúcar) es una apuesta ganadora.

Otros efectos sobre la salud: corazón, huesos, dientes y riñones

Los refrescos no solo afectan al peso y al azúcar en sangre. La combinación de calorías vacías, alta carga de azúcar o edulcorantes, acidez y cafeína tiene repercusiones sobre otros sistemas del organismo que conviene tener muy presentes.

En el terreno cardiovascular, los estudios apuntan a que un consumo elevado y mantenido de refrescos, tanto azucarados como de dieta, se relaciona con un mayor riesgo de enfermedad cardíaca. El aumento de peso, el síndrome metabólico, la dislipidemia (alteración de grasas en sangre) y la inflamación crónica de bajo grado forman un cóctel que, con los años, favorece infartos y accidentes cerebrovasculares.

¿Cómo afectan los refrescos en nuestra dieta?En cuanto a la salud ósea, el ácido fosfórico presente en muchos refrescos, especialmente los de cola, puede interferir con el metabolismo del calcio. Se ha observado una asociación entre el consumo frecuente de estas bebidas y una menor densidad mineral ósea, sobre todo en mujeres. Además, cuando los niños sustituyen leche u otras fuentes de calcio por refrescos, reducen la ingesta de calcio y vitamina D, nutrientes clave para el desarrollo y mantenimiento de los huesos.

La boca es otra gran perjudicada. Aunque los refrescos light no lleven azúcar, siguen siendo líquidos muy ácidos, capaces de erosionar el esmalte dental con el paso del tiempo. Si añadimos azúcar a la ecuación, el riesgo de caries sube todavía más. Por eso los dentistas insisten en que este tipo de bebidas se tomen solo de forma ocasional, nunca para “calmar la sed” de manera habitual, y siempre acompañadas de una buena higiene bucal.

A nivel renal, también hay señales de alarma. Algunos estudios sugieren que el consumo regular de refrescos, en especial en mujeres, puede asociarse a un mayor riesgo de deterioro de la función renal. El riñón se ve obligado a manejar un exceso de solutos, ácidos y, en algunos casos, fosfatos, lo que a largo plazo podría pasar factura. En personas con tendencia a formar cálculos renales de oxalato cálcico, además, se recomienda evitar bebidas azucaradas y refrescos con cola.

Por último, no conviene olvidar el tema de la hidratación. Aunque los refrescos sean líquidos, no hidratan igual que el agua. La cafeína que contienen muchos de ellos actúa como diurético suave, favoreciendo la eliminación de líquidos. Si se abusa de estas bebidas y se descuida el agua, se puede caer en una deshidratación ligera mantenida en el tiempo, que se manifiesta como cansancio, dolor de cabeza o bajo rendimiento físico y mental.

Impacto en niños y adolescentes: un problema de salud pública

El consumo de refrescos en edades tempranas es uno de los focos que más preocupa a las autoridades sanitarias. Aproximadamente un 20 % de los adolescentes toma bebidas refrescantes a diario, muchas veces dentro y fuera de las comidas, lo que incrementa todavía más el riesgo de sobrepeso y obesidad infantil.

Los estudios internacionales apuntan en la misma dirección. En la investigación realizada en 107 países ya mencionada, el consumo diario de refrescos en estudiantes se correlacionó con mayores tasas de sobrepeso y obesidad. Los adolescentes de países con mayores ingresos tendían a consumir más estas bebidas, aunque en muchos países de ingresos medios y bajos la tendencia va claramente al alza.

Las consecuencias no se limitan al peso. Una dieta rica en azúcar desde los primeros años de vida se asocia con un mayor riesgo futuro de diabetes, hipertensión y otras enfermedades crónicas. Además, como estos productos desplazan a opciones más nutritivas (frutas, leche, agua), los niños y adolescentes tienden a ingerir menos vitaminas y minerales esenciales.

En España, las cifras de obesidad infantil han encendido todas las alarmas: alrededor de un 30 % de los menores presentan exceso de peso. El abuso de refrescos, bollería industrial, snacks salados y comida rápida, junto con un estilo de vida sedentario y poco deporte, son factores clave en este escenario.

Por todo ello, organismos como la OMS recomiendan medidas de salud pública para limitar el acceso de los menores a bebidas azucaradas. Entre las estrategias más efectivas se encuentran los impuestos a los refrescos azucarados, que ya se han implantado en más de 50 países. Los datos muestran que los países con impuestos tienden a presentar un menor consumo diario de refrescos entre adolescentes que aquellos sin este tipo de medidas.

Políticas públicas y acciones en empresas

La lucha contra el consumo excesivo de refrescos no se puede dejar solo en manos de decisiones individuales. Las políticas públicas y las acciones desde las empresas juegan un papel crucial para facilitar elecciones más saludables y reducir la exposición constante a estas bebidas.

En España, el Ministerio de Derechos Sociales y Consumo está trabajando en un decreto para restringir la venta de productos con alto contenido en azúcar, grasas y sal (incluyendo bollería industrial y bebidas energéticas) en máquinas expendedoras y cafeterías de colegios e institutos. El objetivo es claro: reducir la presencia de estos productos en entornos donde los menores pasan gran parte de su tiempo.

La norma propuesta establece límites nutricionales específicos, de modo que los productos no puedan superar cierta cantidad de azúcar por porción ni contener niveles muy elevados de grasa o sal. Las bebidas energéticas, en particular, son desaconsejadas en menores por sus efectos sobre el sistema nervioso y cardiovascular, sumados a la carga de azúcar que muchas de ellas aportan.

Desde el ámbito empresarial también hay mucho margen de maniobra. Las compañías pueden diversificar la oferta de bebidas en comedores y máquinas automáticas, priorizando agua, infusiones y opciones sin azúcares añadidos. Pueden, además, impulsar programas de educación nutricional, campañas internas de sensibilización y políticas de bienestar que faciliten un entorno de trabajo más saludable.

Otra línea de acción consiste en implementar políticas internas de bienestar que incluyan agua potable gratuita y limitar la presencia de refrescos azucarados en las instalaciones. Estas medidas, unidas a iniciativas de responsabilidad social corporativa centradas en la salud, pueden ayudar mucho a reducir el consumo de bebidas menos recomendables entre las personas trabajadoras.

Cómo reducir el consumo de refrescos en el día a día

Sabiendo todo lo anterior, la pregunta lógica es: ¿qué podemos hacer a nivel individual? No se trata de demonizar ni de prohibir para siempre cualquier refresco, sino de dejar de verlos como algo diario y convertirlos en un consumo muy ocasional. Para ello, algunas estrategias sencillas pueden marcar la diferencia.

Una primera opción es reducir el consumo de forma gradual. Si alguien toma, por ejemplo, dos latas al día, puede empezar bajando a una durante un par de semanas, luego a media, hasta que el refresco deje de ser “imprescindible”. Los cambios bruscos suelen costar más; los pequeños pasos sostenidos son más realistas.

Igual de importante es priorizar el agua como bebida principal. Beber entre 6 y 8 vasos de agua al día ayuda a mantener una buena hidratación, mejora la concentración y reduce la tentación de recurrir a bebidas dulces cuando en realidad solo tenemos sed. Para quien le cueste el agua sola, se puede recurrir a infusiones, agua con gas o agua aromatizada con rodajas de limón, naranja, pepino o menta.

También es muy útil apostar por alternativas más saludables cuando apetece “algo distinto”: infusiones frías caseras, tés helados sin azúcar añadido, zumos de fruta naturales en cantidad moderada o, en algunos casos, lácteos semidesnatados. La clave está en que estas opciones no vengan cargadas de azúcar y no sustituyan de forma permanente al agua.

Por otra parte, conviene limitar tanto el azúcar añadido como los edulcorantes artificiales. Si se quiere endulzar una infusión o un yogur, puede recurrirse a pequeñas cantidades de miel, stevia o jarabe de arce, siempre con moderación y sin perder de vista que, por muy “natural” que sea el endulzante, añade calorías y dulzor al paladar.

Por último, tiene mucho peso el consumo consciente. Antes de abrir una lata por inercia, merece la pena preguntarse: “¿tengo de verdad sed o es costumbre, aburrimiento o incluso publicidad metida en la cabeza?”. Tomar decisiones más deliberadas sobre lo que bebemos es uno de los pasos más eficaces para cambiar este hábito.

Todo lo que sabemos hoy sobre refrescos, tanto azucarados como “light”, apunta en una dirección muy clara: un consumo habitual de estas bebidas, especialmente desde edades tempranas, altera nuestro peso, el metabolismo, la microbiota, la salud bucodental, ósea, renal y cardiovascular, y añade a la dieta una carga de azúcar o de edulcorantes que no necesitamos. Convertir el agua en la bebida de referencia, reservar los refrescos para momentos muy puntuales y apoyar las políticas que facilitan entornos con opciones más saludables son decisiones sensatas si queremos cuidar la salud a largo plazo sin renunciar del todo al disfrute ocasional.

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